Mujer bajo un parasol japonés (1909) es una obra de espléndidos amarillos, rojos y naranjas, colores que desdibujan la figura femenina pero que trasmiten de una manera muy gráfica los sentimientos del autor.
Lo mismo ocurre con la obra Doris con cuello alto (1906), segunda mujer del artista a la que retrató despreciando absolutamente el modelo original y haciendo prevalecer el color y poder de la pincelada.
De un tono algo distinto es Cinco mujeres en la calle, obra de 1913, donde se representa a cinco mujeres vestidas a la moda del momento, con trajes y posturas aparentemente normales. Pero, si miramos un poco más, vemos una imagen fría, calculada, frívola e incluso decadente. Las figuras están estáticas, casi petrificadas.
Además de dibujar mujeres, el autor proyectó más de una decena de cuadros de los paisajes alpinos que veía desde su casa en Davos y de Berlín como escenario. De tal temática conocemos la obra Escena callejera berlinesa (1914), en la que se contraponen las ropas vistosas de las mujeres, prostitutas, frente a los oscuros trajes de los varones, quienes siguen de cerca a las damas.
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